REPARTO: Susanne Lothar, Ulrich Tukur, Leonard Proxauf, Burghart Klaußner, Josef Bierbichler, Steffi Kühnert, Michael Schenk, Janina Fautz, Michael Kranz, Marisa Growaldt, Roxane Duran, Christian Friedel, Leonie Benesch, Rainer Bock, Maria-Victoria Dragus, Ursina Lardi
Año 1913. La Primera Guerra Mundial está a punto de comenzar y en un pueblecito protestante de Alemania empiezan a ocurrir una serie de sucesos muy extraños y cada vez más oscuros. El maestro del pueblo intenta investigar qué es lo que está sucediendo y narra el ambiente y su encuentro con los miembros del pueblo, desde los jóvenes miembros del coro hasta el barón, el médico o la comadrona. Una historia que esconde una dura y sutil radiografía sobre los orígenes del nazismo en Alemania.
La cinta blanca es una precisa e inquietante radiografía sobre los orígenes culturales y sociales de uno de los peores momentos de la historia de la humanidad (el nazismo, la Segunda Guerra Mundial y el holocausto judío). Pero esta tremenda película de Michael Haneke es también una radiografía del comienzo de cualquier semilla de odio e intolerancia, que llega hasta las guerras y los odios encarnizados, que duran siglos y siglos, y que aveces nunca curan ni cicatrizan: racismo, terrorismo, xenofobia, conflictos entre pueblos hermanos…, podemos elegir cualquier momento actual o pasado, hay unos cuantos.
La historia ocurre en un pueblo imaginario de Alemania justo el año anterior al comienzo de la Primera Guerra Mundial, y en ella asistimos a varios extraños y violentos incidentes que van ocurriendo a lo largo de los meses y que parecen ir a más. El narrador es el maestro de escuela, el personaje más lúcido del todo el pueblo, que narra sus recuerdos de lo ocurrido años después y de la manera más neutral y objetiva posible.
Los personajes principales de la historia son todos los niños del pueblo −sobre todo, los hijos del pastor−, en quienes vemos con gran inquietud y desasosiego cómo se va gestando la semilla de la intolerancia, la violencia, el rencor y la culpa −que, con todo «el cariño» del mundo, los padres han sembrado en ellos−. Una semilla que crecerá y que años después dará sus terribles frutos con la época nazi.
Haneke utiliza estéticamente el blanco y negro para hablar del bien y del mal, y para explicarnos esa distorsión cognitiva tan humana pero tan devastadora, el blanconegrismo: el cielo/el infierno, lo moral/lo inmoral, los buenos/ los malos, el amigo/el enemigo, o estás conmigo/o contra mí… La película está en blanco y negro para explicar cómo una educación con esos dos colores tiene consecuencias terribles para un niño y como resultado para la sociedad, quien para cuando llega el momento de ser consciente de lo ocurrido es demasiado tarde para cambiarlo. Finalmente, esos hijos crecerán y serán quienes expresen con orgullo la radicalidad de sus enseñanzas y su propia concepción de la pureza, de lo que es blanco y debe ser mantenido contra lo que es negro y tiene que ser exterminado: el nazismo en su expresión más álgida. Haneke nos ofrece dos películas, una es la que vemos en blanco y negro, y otra la que imaginas con tristeza y horror al acabar la película, visualizando cómo evolucionan esos niños tan cargados de actitudes negativas y de odio y rencor hasta llegar a la Segunda Guerra Mundial.
Cuando educamos a nuestros hijos, solemos hacerlo con la mejor intención posible, ya sea en 1914 o en el 2018. Salvo contadas excepciones, queremos lo mejor para ellos e intentamos basarnos en nuestros valores, identidades o visiones de la vida. El problema no está, por lo tanto, en las buenas intenciones ni en el estilo; obviamente la educación es totalmente diferente hoy en día, menos religiosa, más flexible en muchos aspectos, con otros puntos fuertes y débiles.
La clave está en el trasfondo, en las capas más profundas. Por ejemplo, no nos damos cuenta de que, aunque le digamos a nuestros hijos cómo portarse teóricamente −después de leernos cuarenta y cinco libros sobre el tema−, si luego nos escuchan frases que culpabilizan, llenas de victimismo, de moralismo, de envidias, de ira, de rencor o de distorsiones simplistas como que hay buenos y malos, extranjeros y no extranjeros…, tendrá mucho más peso nuestra propia actitud que lo que les digamos que tienen que hacer. Aquí aparece el concepto del aprendizaje observacional, un término que alude a uno de las formas más poderosas de aprender, observando lo que hacen los demás. Por ejemplo, por mucho que le digas a tu hijo que no fume, si tú fumas no hay nada que hacer, porque puede mucho más lo que tu hijo te vea hacer que cualquier cosa que tú le digas. Si les decimos a nuestros hijos que no hay que enfadarse ni pegar a otros niños y luego nos ven en pleno ataque de ira cuando vemos las noticias en la televisión, está claro cuál de las dos enseñanzas ganará. Por supuesto que está bien decirle a un niño que hay que ser buena persona, ir a misa, ser creativo, estar orgulloso de su tierra, compartir las cosas o ayudar a los demás. Pero si a eso le añadimos una educación desde la inteligencia emocional, desde el pensamiento crítico, la mente abierta y la flexibilidad cognitiva, si logramos esto conseguiremos que nuestros hijos sean no solo mejores personas, sino también que logren un mundo mejor. Y claro, todo empieza por cambiar uno mismo, lo demás casi viene rodado.
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A partir de la colaboración de expertos en cine, coaches, psicólogos y psicoterapeutas,
hemos desarrollado una herramienta basada en el cine (y series) aplicable al coaching y a la terapia.
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